Coetzee y Sócrates

Me imagino como sería si Sócrates y Elizabeth Costelo se conocieran. Seguramente la mujer diría al maestro de Platón que es ingenuo, a pesar de su admiración por los clásicos, ya que si el solo sabe que no sabe nada, Elizabeth ha compredindo que solo sabe que no existen grandes y bellas conclusiones, pues de tanto viajar y hablar con diferentes eruditos, sólo tiene claro una cosa: La naturaleza maligna del Ser humano, o más bien, que entre el bien y el mal hay menos diferencias de las que creemos, pues son solo términos ficticios que tratan de definr la compleja realidad que supone la mente humana. 

Sócrates utilizaba el diálogo para exponer su ideología y llevar a sus alumnos a realizar raciocinios más complejos. Pero fue Platón quien redactó los diálogos de Sócrates, de modo que lo que contaba adquiria un nuevo nivel, pues Sócrates ya no solo hablaba a Fedro, sino también a todos los lectores que leyeron y leen los libros de Platón durante años y años. Coetze es, por lo tanto, Platón, y deja el papel de Sócrates a Elizabeth Costelo. Se esconde en un heterónimo, en un alter ego, para decir con mayor libertad ideas que él mismo tendría cuidado de exponer. Como por ejemplo, comparar el mercado cárnico con el holocausto nazi. De esta forma se libera de cadenas, ya que el ego encarcela a uno mismo en la visión que los demás tienen sobre él. Se podría decir que Coetzee huye de sí mismo, al igual que hacia Pessoa con sus infinitos heterónimos. Me recuerda su actitud a una afirmación realizada por Bob Dylan en los años 60: "Me levanto cada día y soy una persona distinta, ni siquiera me importa". Y es que el tener una personalidad difusa entrega a el poseedor de la misma una libertad sin límites, pero también le amenaza con los fantasmas del vacío y el sinsentido de la existencia. 

Si Platón mostraba los diálogos de Sócrates para enseñar a la sociedad los valores que debían tener, Coetzee no es tan osado. De Elizabeth Costelo no se desprenden grandes conclusiones, más bien una sensación de irritación por el afán que tiene la protagonista de analizar hasta los más aparentemente inocentes actos del Ser Humano. Coetzee no enseña al lector una moral determinada, sino que le obliga a cuestionarse e significado de la moralidad. Pareciera en ocasiones que Costelo quisiera irritar al lector y dejarle con una sensación de desesperanza en la raza humana. ¿Quiénes nos creemos para utilizar a los animales cómo alimento? ¿Una raza que provoca sufrimiento siendo consciente del mismo se puede considerar civilizada? Quizá la civilización no es sinónimo de bondad, sino de individuos aliándose con otros para resguardarse de sus propios males. En último término, el que tengan que existir civilización y orden supone un fracaso, ya que demuestra que si el ser humano no tiene una autoridad (moral, religiosa o política) se comportaría como el más letal de los animales. Tenemos miedo de nosotros mismos. Sin embargo, la civilización no garantiza nada. En la época de Platón existía mucho culto a la filosofía y al saber, pero tenían esclavos. Y esque la moral individual está completamente ligada por la moral colectiva. Si socialmente no está mal visto tener esclavos, la mayor parte de la gente los tendrá sin problemas de conciencia. Hoy en día nos parece horrible que existiesen esclavos, pero quizá el día de mañana se horrorizan al saber que nuestra civilización mataba animales conocedora de su sufrimiento, o de que el 5 por ciento de la población vive una vida de lujo mientras el porcentaje restante es misero. Por estas razones Elizabeth Costelo cuestiona continuamente las falsedades morales, y encuentra en seres inocentes como los animales una verdad natural que no observa en sus congéneres. 

Coetzee no sólo se centra en el tema animal, también analiza la literatura, su mercantilismo, el relativimo, el erotismo, la muerte... A través de una entrañable anciana se plantea todo tipo de temas humanísiticos. Ya decía mi profesor de filosofía que todo el pensamiento literario posterior a Platón son meros apuntes a pie de página de sus escritos. Sin embargo, en Coetzee le ha salido al maestro griego un hijo rebelde, posmoderno, que si bien aprende de él, no espera encontrar el mundo etéreo de las ideas que Platón describía en sus tratados. 

Si Sócrates le dijera a Elizabeth Costelo, lo que le dijo a Fedro al comienzo de su diálogo ("¿A donde vas y de donde vienes?"), la mujer le constestaría quizás que los intereses de Sócrates son distinos a sus palabras, y que quizá sólo quería entablar diálogo con ella para sentirse superior o matar el tiempo. Quizá también le diría que su discípulo iba a ser el germen del cristianismo y que preferiría haberse encontrado a un hedonista que al padre del padre de Jesús. Aunque, cómo las ideas del libro de Coetzee, son solo suposiciones.